
Miró a su esposa cruzar la calle con el abrigo rojo que juró que tiraría pero que siempre sacaba del armario, año tras año. Así era con todo. Fue algo que la atrajo cuando se conocieron. La ropa que usaba una y otra vez. Los montones de labiales sin usar... la canción que cantaba mientras cocinaba, pertenecían a una vida que ahora parecía extraña. Una vida que estaba planeando dejar entre la entrada y el postre.
Le sorprendió lo extrañamente lógico que fue elegir ese lugar para dejarla. El mismo lugar en el que se dio cuenta de que ya no la amaba.
Cuando ella sonrió, él casi gritó: "Voy a dejarte, no sonrías". Pero simplemente le dio un trago de su kir. Otra cosa que le molestaba era que ella nunca ordenaba aperitivos ni postres, pero siempre se comía lo de él. Peor aún, él siempre ordenaba la comida que le gustaba a ella. ¿Me gustan los profiteroles?-, se preguntaba.
Cuando ella empezó a llorar como él nunca había visto, al principio pensó que sabía que la dejaría por Marie-Christine; la atractiva azafata rubia a la que amaba desde hacía 18 meses.
"Se acabó", pensó. "Lo sabe. Lo sabe desde hace años, debí haberlo supuesto”.
Aún llorando, sacó unos papeles de su cartera y se los dio. En fríos términos clínicos, decían que tenía leucemia terminal. En un instante, su primer propósito desapareció de su mente y una extraña voz metálica empezó a decirle: "Tienes que estar a la altura de las circunstancias". Y lo estuvo. Pidió tres órdenes de profiteroles para llevar y le envió un mensaje de texto a su amante.
"Olvídame. Sergio."
Atendió a su esposa en todo lo que ella quería. Colgando fotografías por toda la casa, llevándola a ver sus películas favoritas durante el día, buscando ofertas aunque odiaba ir de compras, leyendo Sputnik Sweetheart en voz alta para ella. Hasta el más mínimo detalle tenía un sabor distinto, sabiendo que jamás podría volver a hacer lo mismo por ella.
Actuando como un hombre enamorado, volvió a ser un hombre enamorado.
Cuando murió en sus brazos, cayó en un coma emocional y nunca se recuperó. Incluso ahora, muchos años después, su corazón siempre duele al ver a una mujer con un abrigo rojo.
martes, 30 de junio de 2009
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Lizz
Etiquetas: amor, Isabel Coixet, Paris Je T'aime, películas
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